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Narturaleza, turismo, aventura

Textos y fotos
© Michael Mogensen
Adaptación Gérard Barré
Todos los derechos reservados

Michael Mogensen y Moondance

El autor es escritor independiente y fotógrafo. Ha trabajado, viajado y vivido por el mundo entero y ha sido miembro de varias agencias fotográficas. Ha vendido artículos y fotos a numerosas revistas, periódicos y libros.

Desde hace 15 años practica la equitación western, y hoy en día monta sus caballos Criollos en Dinamarca. En enero de 2003, guiará la cabalgata en Argentina, de la que participarán muchas personas.

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Un gaucho a caballo por los Andes

Naturaleza salvaje y auténtica vida del cow-boy argentino serán una experiencia inolvidable, seis días a caballo a través de los Andes.

Por Michael Mogensen - Galerías foto [1][2]

foto © Michael MogensenTreinta caballos de raza Criollo que presentaban numerosos colores de pelaje diferentes ya fueron conducidos a un pequeño corral. Son las seis de la mañana, el sol se eleva majestuoso detrás del contorno sombrío de los Andes. Juan, un gaucho de sesenta años, cuenta con todo el conocimiento necesario dentro de la estancia donde pastorean, en una extensión de 13.000 hectáreas, 1000 cabezas de ganado Angus, Juan monta su musculoso caballo Criollo color oro. Con su rostro arrugado, mira tranquilo delante suyo. Junto a tres jóvenes asistentes comienza a apartar a los caballos necesarios para el viaje.

Nos encontramos en la región del Neuquen en Argentina preparados para el viaje de seis días. Dormimos afuera, en las mismas condiciones que el cow-boy argentino, el gaucho, quien trabaja a caballo, desde hace siglos. La estancia pertenece a dos jóvenes hermanos- Martín y Fernando- quienes cabalgarán con nosotros durante el viaje. Ellos han heredado, junto a sus otros hermanos y hermanas, la estancia de sus padres. Somos catorce personas preparadas para partir contando con Juan, un grupo de jóvenes compañeros de escuela de sus hermanos, una mujer alemana de unos sesenta años y yo, de cincuenta y siete años.

Los caballos dentro del corral, están llenos de energía, saben instintivamente que ya es la hora de trabajar. Algunos caballos no se han dejado atrapar fácilmente. El corral se cubrió del polvo de los cascos al galope, como cuando algunos caballos se escapan hacia un rincón. Finalmente, cederán y serán enlazados.

Cuando los caballos salen para ensillarlos, están muy tranquilos. La silla tradicional del gaucho- el recado- está formada por varias capas de tela, cuero y piel de oveja. Durante el día es una silla confortable, y a la noche, se transforma en colchón debajo del saco de dormir.

Juan, un gaucho © Michael MogensenCuando ya sobre nuestras monturas, salimos al exterior con dos caballos llevando nuestras provisiones, aparecen ante nosotros, desdibujados, los Andes, como un decorado impresionante de montañas en el horizonte. Estamos rodeados por grandes espacios abiertos, por montañas cubiertas de nieve, por las gargantas de ríos rugientes y por verdes pasturas. Sin rutas, ni vías, ni líneas de alta tensión- sólo el silencio.

Los caballos Criollos son confortables y fáciles de llevar. Creados para soportar muchas horas de trabajo sin correr peligro en condiciones severas, son tranquilos y fuertes. Nos aclimatamos rápidamente a este ritmo, al polvo levantado por los quince caballos y a la temperatura creciente. Después de un paseo de tres horas, abandonamos la planicie para dirigirnos hacia las montañas. Detenerse para comer y para acampar es el ritual de los componentes del viaje.

foto © Michael Mogensen

Existen tres condiciones importantes para elegir un buen terreno de camping. Debe haber agua, sombra para los jinetes y pastura para los caballos. Tratamos también de elegir un lugar lindo al abrigo del viento que suele soplar bastante fuerte en los espacios abiertos entre las montañas. Desensillamos y atamos los caballos a un árbol o a un arbusto donde puedan pastar. En diez minutos el fuego está listo y pronto el agua estará a punto. Es el momento de otro ritual - el mate - una infusión amarga muy reconfortante. Se ceba utilizando un jarrito o tacita generalmente hecho de calabaza, se va pasando de persona a persona. Tomamos(aspiramos) el mate a través de una hermosa bombilla decorada en plata.

Todos buscamos la sombra y nos quitamos el polvo en un riacho al costado del terreno de camping. En esas aguas hemos sumergido nuestras cabezas y de ellas hemos extraído el agua fresca y pura de la montaña, con nuestros caballos.

Después de almorzar continuamos y el camino se vuelve cada vez más rocoso. A menudo atravesamos el mismo río varias veces. Los caballos entran en el río sobre las piedras resbaladizas con una seguridad increíble.

Ahora remontamos el largo de una garganta por donde baja un torrente rugiente. La vida animal está presente por doquier. Alrededor nuestro, algunos patos salvajes buscan alimento y muchas otras aves se regocijan con la vida presente en los bosquecitos espesos. Muchas aves de presa planean sobre nosotros, de vez en cuando vemos algún armadillo (tatú). Siempre que salimos de la ruta debemos prestar atención a que los caballos no tropiecen con los numerosos agujeros hechos por las liebres salvajes que habitan por todos lados.

foto © Michael Mogensen

En todas partes donde la pastura es exuberante y fácil el acceso al agua, nos cruzamos con manadas de vacas Angus. Cada vez que pasamos cerca de una bestia, los caballos se alteran. Parece que se acordaran de la rutina del arreo de ganado, cuando el ganado es conducido hasta los terrenos de las estancias. Los caballos Criollos poseen un sentido muy fuerte del ganado, son muy necesarios en las montañas donde ninguna 4x4 puede pasar.

Esta noche acampamos en las proximidades de un gran río cerca de un hermosa caída de agua. Juan ha tomado un atajo hasta el campo, y empieza a preparar la cena. Estamos sorprendidos de ver que ya a matado un ternero, y que ha cortado la carne. Esta noche tenemos sopa preparada con los restos de carne, ya que los mejores trozos se guardan para mañana, cuando prepare un asado típico- la barbacoa local donde la carne se clava en una lanza que asemeja a una jabalina y se asa sobre el fuego.

Agrupados alrededor del fuego después de cenar, el mate va pasando en ronda y el sonido de una guitarra aparece de pronto. La temperatura descendió a 8 grados centígrados, y la mayoría de nosotros se ha puesto un pulóver o se cubrieron con su saco de dormir. En este momento la noche es magnífica, plena de canciones tristes que hablan del amor perdido, de recuerdos nostálgicos de la vida en las pampas, cuando los hombres eran hombres de verdad.

Más tarde, nos instalamos en nuestros sacos de dormir directamente sobre los paños de la silla, y la paz cae lentamente sobre el campo, sólo alterada por el tenue ruido de los caballos paciendo. El fulgor permanente de las estrellas alumbra el espacio impresionante sobre nosotros, solamente perturbado por numerosas estrellas fugaces. De vez en cuando, algún satélite se desplaza lentamente por el cielo, sería maravilloso que tomara fotos de nuestro paisaje idílico.

A la mañana el sol sale lentamente y los caballos empiezan a llamarse entre sí. Nuestro fiel compañero -el perro llamado EL Negro- ladra cada vez que ve una liebre salvaje. Tomamos pronto el café y pronto también ya estaremos montando para pasar durante esta jornada por la importante y célebre caída Cascada Río Agrio.

El viaje es realmente una prueba para los caballos. La huella está colmada de piedras, tomarla no será fácil. Nosotros vamos despacio, pero parece que los caballos no prestaran mucha atención a las provocaciones de la huella. Muchos de ellos se hacen cortecitos en las patas, pero Martín que está estudiando veterinaria dice que no es nada serio. Va a reemplazar la herradura perdida de uno de los caballos.

foto © Michael Mogensen

La cascada vale el viaje entero. La caída de mas de 50 metros que encuentra su origen en un volcán nevado es una vista impresionante. La mayoría de nosotros se desviste y salta al agua que emana un fuerte olor a azufre proveniente de los volcanes. Podemos beberla, pero su gusto es muy especial. No muy lejos de la cascada, hay otro río, lo remontamos llevando nuestra caña de pescar. Es un lugar jamás visitado, el río está lleno de truchas, listas para picar. En diez minutos pudimos pescar quince truchas pequeñas. Las pusimos en un hilo para poder llevarlas y prepararlas para la cena.

Acabamos de pasar una gran cresta de montaña. Súbitamente del otro costado aparece ante nosotros un extenso e imponente valle. Por todas partes las manadas de vacas Angus se mezclan con tropillas de caballos Criollo. Los caballos no son salvajes, pero han pasado muchos meses aquí en estas pasturas y sus instintos naturales son muy fuertes. Algunas veces se nos acerca al galope un semental, jefe de alguna tropilla. Guardando una pequeña distancia, nos rodea para ver si puede llevarse alguna hermosa yegua para su tropilla. Pero rápidamente abandona la idea y se va al galope.

Aquí en la planicie, podemos trotar y galopar. Los caballos son incansables- no transpiran ni trotando durante una hora.

Llevamos cuatro días de cabalgata. Martín y Fernando dicen que estamos cerca de la frontera con Chile. Hay mas montañas cubiertas de nieve en el horizonte. Hemos tomado mate, café y agua durante todo el viaje. Pero esta noche después de acampar daremos un paseo de una hora hasta una tiendita - un almacén - donde podremos comprar vino y cerveza.

Los ánimos se regocijan cuando siete magníficos jinetes a pleno galope divisan un bosquecito de grandes árboles en lo alto de la montaña delante nuestro. Sin bolsa de dormir, es mucho más cómodo para galopar. El simple deseo de una cerveza bien fresca nos hace volar.

Después de atravesar varios ríos llegamos al bosquecito, rodeados de cien ovejas que pacían. Dos gauchos salen para saludarnos. Pero las noticias no son buenas, hace un tiempo que el propietario está enfermo y el comercio no ha sido reaprovisionado. Es un grupo descorazonado y menos valiente el que vuelve al camping, harán falta algunas horas para que la idea de cervezas frescas desaparezca como un fantasma. Un consuelo, el equipo de pescadores atrapó otra decena de truchas y ya están preparadas sobre el grill.

foto © Michael Mogensen

El fin del viaje se aproxima, ya estamos sobre el camino de retorno. Ayer a la noche, acampamos en un valle donde había una pequeña fuente de agua caliente. Para llegar allí tuvimos que hacer un viaje muy escarpado y atravesar la cresta de una montaña a 2200 metros de altura. Desde allí, echamos una mirada hacia atrás sobre un valle fantástico rodeado de montañas nevadas. Y delante nuestro, un vallecito exuberante de pasturas verdes y floridas atravesado por estrechos hilitos de agua.

Pero debemos ante todo atravesar un pequeño nevado que recubre la cumbre de la cresta. Al entrar a la nieve, los caballos parecían fascinados, y con elegancia, se deslizan sobre sus traseros hasta obtener un punto de apoyo sobre las piedras.

Acampamos en el medio del valle, y por primera vez hemos podido encontrar sombra, la vegetación no sólo brinda matorrales bajos. Pasamos un mediodía muy cálido y soleado entre la primavera cálida y el agua fría del riacho lleno truchas traviesas. Es una buena señal, el agua es limpia, dice Juan, nuestro guía gaucho bien informado.

Ahora estamos rodeados por una manada de vacas y de caballos. Un grupo de jóvenes me invitó a montar a pelo. Los vi correr a toda velocidad para saltar encima de los caballos al estilo indio. Aunque mi estilo indio se reduce a montar de manera no atlética, es una sensación fantástica la de galopar sin montura y sentirse uno con el caballo. Vamos a toda velocidad en la tropilla y mi caballo no duda un instante. Queda totalmente a las órdenes.

Nuestra última velada en la naturaleza se celebra al ver a dos jinetes comprar un cordero. Nuestras provisiones se redujeron y se volvieron menos apetecibles. Dos horas mas tarde vuelven con un cordero vivo tendido sobre la silla. No tuve tiempo de sacar mi cámara de fotos antes que Juan le cortara el pescuezo, y en veinte minutos mas tarde el cordero estuvo sobre el fuego. La última comida se rodeó de felicidad con pan seco y agua de manantial, cosecha 2000-2008.

El día siguiente estuvimos ocho horas sobre la montura por el camino de la estancia. De arriba abajo, cresta tras cresta, totalmente cubiertos de polvo de la huella seca. De vez en cuando tenemos que retener los caballos para que conserven el paso sobre las huellas inestables y escarpadas. Después de algunas horas, nos aproximamos a la estancia, los caballos saben que vuelven a casa, y se muestran vivaces y traviesos. Casi podemos dejarles las riendas, porque ahora, saben el camino.

Cuando teníamos a la vista la estancia, dejamos que los caballos galoparan. Llegamos en medio de una luz dorada, justamente antes des atardecer, la oscuridad caerá en algunos minutos. Una hora más tarde nos sentamos todos alrededor una mesa para comer pollo asado, vestidos con ropa limpia y oliendo a jabón, después de tomar una ducha caliente. Apreciamos la primer ensalada de la semana, pero para la mayoría de nosotros- una mesa llena de cerveza fresca y de vino.

Satisfechos nuestros estómagos y muertos de fatiga nos fuimos a dormir. La vida de los gauchos continúa, pero nosotros tenemos que partir.

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